27 mar 2008

Dilemas de los administradores coloniales

Flashes:

Es imposible encontrar un hilo de razonamiento sin que algunas imágenes y sonidos de la noche de ayer se superpongan: El ¡viva Perón! de alguno de los que avanzaron por Avenida de Mayo; D’elía hablando con la pintada “Comandanta” detrás o avanzando al grito de “¡piqueteros, carajo!; la multitud de pequeños y medianos funcionarios kichneristas coreando “¡patria sí, colonia no!”. La imposibilidad casi angustiante de evitar el lugar común: los hechos de la historia se producen dos veces: la primera vez como tragedia y la segunda vez como farsa.

Gorilas:

Viendo el “cacerolazo” de ayer resaltaba su obvia composición social. No eran, por supuesto, “la oligarquía de Recoleta y Barrio Norte” (o, en el peor de los casos, no sólo), sino, notoriamente, distintos sectores de clase media (que no se limitaron a los que salieron a la calle sino que también incluyeron a muchos que hicieron ruido desde sus balcones en distintos barrios de clase media). Notoriamente expresan un sector de la sociedad argentina de cual no sólo se debe resaltar sus históricas inconsecuencias y bandazos, una irresponsabilidad y falta de compromiso también históricos con la construcción de un país con futuro, sino las consecuencias concretas en vidas, en sufrimiento y destrucción de tejidos sociales de todo ello; actitudes de las cuales siempre trató de salir airosa construyendo una persistente, omnímoda, “teoría de los dos demonios” (por cierto, en sentido estricto, una simple aplicación de este principio constitutivo) en la cual se siente cómoda y para la cual permanentemente encuentra amanuenses que se la recreen. La mayor parte del discurso, reaccionario o progre, que hegemoniza los medios (que a su vez la toman como referencia y destinataria de todos los discursos) esta basada en el punto de vista de la víctima (y no es una mera referencia a la versión sobre “los setenta”, que en todo caso es lo que es justamente para reforzarlo). El discurso permanentemente reciclado de la construcción de la víctima, del sujeto social como víctima (y tenemos que ser perfectamente concientes de que es un contrasentido, que cuanto más víctimas nos sentimos menos sujetos de nuestra historia somos, pero que además hay una mentira latente: nunca somos totalmente víctimas, nunca somos meros objetos de las fuerza históricas, ni potencialmente ni de hecho).

No hacen falta una clase de sociología ni tampoco descargar el manual del materialismo histórico para relacionar esta actitud histórica con el particular lugar en la estructura social de estos sectores en términos abstractos y en el análisis de nuestra historia. Pero es necesario recalcarlo, porque al fin y al cabo, el kirchnerismo (y también ese “montonerismo” y cierto “izquierdismo” que se funden en él) no son sino una expresión particular de esos sectores y de sus fantasías, apetencias y fracasos.

Ahora bien, tampoco hace falta el manual del montonerismo para saber que, con todo lo dicho, estos sectores no son el enemigo, que deben ser parte del bloque social indispensable para construir una Argentina libre, justa y soberana. Ni hacen falta los manuales de historia argentina de Puiggrós, Ramos, Rosa, Pigna y Luna para saber que cada vez (la mayoría de las veces, claro) que estos sectores fueron enajenados para proyectos coloniales, el pueblo argentino se alejó más y más de la posibilidad de construir no ya una patria con justicia, etc., sino sencillamente un país con futuro como tal.

Así que sí, es probable que estos sean los gorilas, casi seguramente consintieron o apoyaron la dictadura, el menemismo, la Alianza, (y vamos a suponer, en aras de la generosidad pero más que nada de la retórica, que en “el kirchnerismo” nadie apoyó la dictadura, el menemismo o la Alianza), pero también (estadísticamente es imposible que no sea así) votaron a Perón en el 73, probablemente a Cámpora y en cierta medida a Cristina (a Kirchner, como todos sabemos, no lo votaron ni siquiera todos los kirchneristas, también estadísticamente). Por lo tanto, gritarles ¡viva Perón! en la cara, es simplemente demostrar que en términos de comprensión de la historia y la política argentinas se está exactamente al mismo nivel, en el mismo plano que ellos (de hecho, creo firmemente eso: que son dos caras de la misma moneda). Es más, que les griten eso, los reafirma justamente en sus convicciones y, como lo saben todos los ¿dirigentes? de estos sectores ¡piqueteros! que ayer “recuperaron la Plaza”, tiende a cristalizar la lectura que los enemigos estratégicos de nuestro pueblo van instalando sobre este gobierno.

“La guerra gaucha”:

Está claro que hay sectores oligárquicos, trasnacionalizados, que han obtenido siderales beneficios desde la salida de la convertibilidad hasta aquí y es indiscutible que “el campo” también ha ganado plata como pocas veces y ha mejorado notablemente su posición relativa en la estructura socioeconómica. El problema con muchas de las cosas que Cristina de Kirchner dijo en su discurso no es que sean mentiras sino, justamente, que son verdades. Incluso, es notoriamente falso que “las políticas públicas… no son, ni fueron, una ventaja competitiva…todo lo hizo el alza de los precios de las commodities ”, como sostiene Grobocopatel. Aunque más no sea (y tampoco ocurrió así) por algo que seguramente a él le debe parecer parte del “orden natural de las cosas”: permitir que él (y Cargill, y Monsanto, y Dupont, y algunos pocos más) se quedarán no sólo con la parte más sustanciosa de la torta (más que el Estado, claro) sino con una posición dominante, oligopólica; con una concentración de poder económico que ahora sienten que no se expresa adecuadamente en lo político (y lo político, por ahora, quiere decir la política económica).

¿Por qué lo permitió el kirchnerismo? Justamente, porque su estrategia consiste en eso: en permitir y fomentar el saqueo de los recursos naturales (en este caso el suelo), en administrar el orden de cosas neocolonial de manera tal de, en una nueva versión del viejo cuento de la “teoría del derrame”, acceder a una parte marginal de esas riquezas para, supuestamente, aplicarla a la reconstrucción de “un agente indispensable de la liberación”: la burguesía nacional. Esto se traduce, en buen criollo y bajado a tierra, en la ya conocida fórmula menemista (que los Kirchner usufructuaron) de convertir a un reducido círculo de amigos de negocios en burgueses. (Dados los momentos históricos, la mayor parte de la guita en el menemismo fue a parar al extranjero, incluidos los fondos santacruceños, y ahora se aplica a recomprar determinadas empresas, o parte de empresas, que ya no generan las espectaculares tasas que apenas privatizadas les rindieron a las empresas extranjeras o que están necesitadas de un capital fresco que ya no les interesa colocar en Argentina.)

La necesidad de que exista una burguesía nacional tiene la gran virtud conceptual de no admitir discusión alguna: no es verdad ni mentira. Es imposible.

Que Grobocopatel tenga su base de operaciones en Argentina, que el día de mañana (si es que ya no ocurrió) se lo consulte cuando haya que nombrar “Ministro de Economía de la Nación”, que en su corazoncito (igual que en el mío) siempre esté presente Carlos Casares o que sea hincha de Boca o Argentinos Juniors no lo convierte en un burgués nacional. Es un burgués, claro, no un campesino sin tierra y sin trabajo como le gusta ironizar, pero del único tipo de burgués posible en la Argentina, un burgués trasnacional, un colono (no en el mismo sentido que sus bisabuelos y sus abuelos).

Y hablando de su perfil de burgués: los productores entrevistados en todos los canales insisten en un hecho: “este es un país agrícola, agrícola-ganadero y no puede ser que no se escuche al campo”. Y justamente ahí está el aporte más fuerte del kirchnerismo al realismo político de nuestros días: aceptar como dado irreversiblemente, gestionar y reproducir un modelo económico exportador (en realidad de saqueo de los recursos naturales) y, justamente, no poner ni un solo peso del famoso superávit, ni una sola política activa del estado, ni una sola idea, para aprovechar las condiciones de los mercados internacionales de modo de sentar las bases de un modelo económico productivo que rompa con el cepo histórico de un modelo colonial que, salvando distancias históricas, legítimamente puede ser comparado para su estudio y comprensión con aquel que nos ató al imperio inglés y que aún es públicamente añorado y reivindicado por muchos.

Valga la digresión: una lectura estéril de la realidad y la historia quiere que la elección del camino de la liberación y la soberanía económicas y políticas se justifique en los beneficios económicos que eventualmente reportaría. Esa decisión, está sobradamente demostrado en los hechos, es sólo condición de posibilidad de un proceso de naturaleza diferente y de ninguna manera mecánicamente determinado por ella, que es la asumición por parte de los sectores populares de la condición de sujetos políticos concientes de la historia y no objeto de las fuerzas económicas. “Un resurgir de la conciencia de los trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la Patria”. La única posibilidad, el único camino, para continuar con la tarea histórica inconclusa, y puesta profundamente en cuestión, de constituirnos como nación.

Ahora, yendo a lo táctico y a los conceptos, a la sicología, a la ideología profundamente clasemediera (pequeño-burguesa, por qué no) del kirchnerismo: con todas las herramientas del poder político durante los mejores 5 años de la economía en prácticamente toda la historia argentina (dicho en términos estadísticos y, como mínimo, de cifras de crecimiento), con un superávit al que hasta el día de hoy puede manejar con los superpoderes de una emergencia económica ya se supone que superada, los “cuadros montoneros”, los “reconstructores del movimiento nacional” y aun, como dijimos, de la burguesía nacional, no pudieron evitar que, en el momento de la verdad, cuando los pingos salieron a la cancha, la abrumadora mayoría de los pequeños y medianos productores agrícolas se alinearan tras la conducción de la Sociedad Rural Argentina y los Grobocopatel, los tomen a ellos como los enemigos y, como si a la memoria de tantos caídos no le faltaran tristezas y vergüenzas ajenas, encima lo hagan considerándolos montoneros.

El kirchnerismo es la expresión política, como continuidad del plan maestro comenzado en el duhaldismo (a su vez enraizado, como es obvio, en Martínez de Hoz y Cavallo/Menem), de ese proceso de saqueo y reconversión de la estructura productiva argentina a las nuevas realidades de la dominación imperialista mundial. Este proceso ha generado una nueva configuración del poder real y este poder tiene la decisión de imponer sus reglas en todos los aspectos de la realidad social y política del país y el kirchnerismo tiene que dejarse de joder con intentar decidir con cuantas migajas quiere quedarse y qué hacer con ellas; por fuera de eso y en cuanto pase eso (en breve), todo está bien y puede “dialogarse”. Hasta diciembre de 2007, por ejemplo, Grobocopatel tenía las mejores relaciones con el gobierno (que, también por ejemplo, le abrió las puertas de los petrodólares venezolanos), las cuales rompió unilateralmente, por entender que las retenciones “concentran la riqueza”. La Sociedad Rural Argentina, tan atacada por los voceros kirchneristas, era hasta la implantación de este modelo casi un cadáver político de la Argentina, hoy es uno de los sectores, sino el sector, que acaudilla al “campo”.

Suponiendo, entonces, que los Kirchner quisieran realmente enfrentar esto (ni se me ocurre), ¿desde donde lo van a hacer? ¿Desde una alianza con la UIA, la CGT y el sector petrolero? (acá, sinceramente, pensé en preguntar si lo iba a hacer desde el “movimiento piquetero” de D’elía, Pérsico y Libres del Sur, pero le quitaba toda seriedad a la cuestión), ¿simplemente desde el poder del estado, con “la ley, la constitución y las fuerzas federales” como dicen la presidenta y Aníbal Fernández? ¿Va el kirchnerismo siquiera a amenazar con alterar la estructura económica que le ha permitido a los sectores concentrados agroexportadores controlar las más decisivas claves de la economía argentina?

Patria y colonia:

Entre otras muchas cosas el manual del montonerismo sostenía (y si no, debería haberlo hecho) que el bloque social que posibilitaría la liberación tenía que ser construido alrededor de un proyecto de país sustentado sobre una acumulación de poder que a su vez tenía como uno de sus basamentos el protagonismo de los sectores populares (aglutinados alrededor de la clase trabajadora). Otro de sus basamentos, claro, era la existencia de una expresión política capaz de expresar y retroalimentar ese protagonismo en términos, justamente, de poder y de proyecto.

Por supuesto que a eso se le superpusieron, en la práctica y en la teoría, los intereses y las concepciones de los sectores medios que tendieron tenazmente a ser conducción de esas expresiones políticas.

Por cierto que, en el primer peronismo, el gorilismo irracional (es decir, aun contra sus propios intereses inmediatos e históricos) de determinados sectores medios, su odio y su temor enfermizo hacia los humildes de la Argentina, fue determinante, pero no debe dejarse de ver que, a su vez, el peronismo en gran parte fue copado por otras franjas de esos mismos sectores las que aportaron decisivamente a una espiral suicida de la cual las bases peronistas no supieron escapar y que los (nos) arrastró a todos a la derrota del único intento serio en nuestra historia de construir una patria con justicia social, independencia económica y soberanía política.

En aras de no escribir un libro, dejo para otro momento lo que sucedió a fines de los 60 y principios de los 70. Pero tan interesante como eso es ver lo que sucedió en el 2001 o más precisamente en el 2002.

Hacia el final de la década (peronista) menemista se fueron consolidando infinidad de experiencias de organización popular de ninguna manera espontáneas sino como producto de la asimilación de las nuevas realidades por los sectores populares agredidos, en función de sus experiencias de lucha y con el reciclaje de cientos de luchadores populares (no necesariamente “militantes”, aunque también) a esas nuevas realidades. Con sus limitaciones, algunas organizaciones políticas populares, mayormente de izquierda, se acercaron a esas experiencias o, incluso, las protagonizaron.

Los que creen y hasta el fin de sus días seguirán creyendo que toda la política en Argentina pasa por el peronismo, además de no darle mucha bola a todo eso, sostienen que las organizaciones piqueteras no habrían existido sin la política de los “planes” como uno de los paliativos para enfrentar la crisis.

Por supuesto, que algunos también creen que toda la política de construcción de los movimientos populares circula de arriba hacia abajo (o tal vez no lo creen, pero todo lo que hacen en política se basa en eso, lo que es lo mismo). Por eso, fueron incapaces de ver (paralelamente al formidable ejemplo dado por miles y miles de trabajadores desocupados que, rompiendo los manuales, construyeron organizaciones político-reivindicativas), el movimiento de ruptura con el aparato punteril estatal-pejotista de miles y miles de habitantes de las barriadas más pobres de la Argentina mediante la utilización de las herramientas políticas a su alcance.

La mayor parte del “montonerismo”, por ejemplo, y salvo honrosas excepciones, no sólo se mantuvo aparte de este fenómeno sino que se horrorizó ante las perspectivas y los interrogantes que planteaba a sus presupuestos y prácticas políticas.

Para otros, para la mayor parte de los otros, desgraciadamente, el fenómeno piquetero simplemente fue la oportunidad de acumular ciertas bases sociales para ponerlas sobre la mesa de juego de la política partidocrática tradicional y, eventualmente, comenzar la carrera de tiempo entre la desacumulación social y política que eso provoca y una nueva acumulación de tipo punteril que les permita seguir en el juego. Esto, tanto dentro como fuera del kirchnerismo.

Pero todos fueron funcionales a la estrategia del poder de desarticular el único elemento de la historia reciente sobre el cual pudo haberse planteado la construcción de un nuevo movimiento social y político de liberación. La política siguió siendo entonces una cuestión de las clases medias administrando el poder de los grupos económicos concentrados.

Reconstruir la gobernabilidad del sistema puesta en crisis durante el 2001 y 2002 es una de las bases de este régimen, de este proyecto. La base sobre la que algunos quieren hacernos creer que están construyendo un proyecto nacional.

Tienen, como dije, un “pequeño” problema, y es explicar, entre otras cosas, como lo van a hacer sobre la base de un movimiento obrero reducido al más crudo corporativismo, donde los obreros del petróleo impulsan el saqueo de un recurso estratégico poniendo en cuestión, entre otras cosas, su propio futuro no ya como individuos sino como trabajadores, donde los obreros mineros hacen algo parecido, donde los trabajadores de la carne paran con los patrones para defender los intereses sectoriales, etc… etc… Para no hablar del todavía vigente control de la alguna vez conocida como “burocracia sindical” sobre las luchas de los trabajadores. Y cuando además se enajenan la voluntad política de miles de productores agrarios que además en las nuevas condiciones de la economía son cada vez más vitales.

El problema es el poder. De sus ya antiguas y fugaces experiencias “revolucionarias” los “kirchneristas” han despertado con un bagaje político que no se aparta demasiado de la teoría de “los factores de poder” de aquellas épocas, que básicamente prometen éxito a quien tenga el realismo de reconocerlos y la pericia de usarlos a favor de su estrategia política. Por eso, por que esa es su estrategia, y no la construcción de un movimiento nacional, es que el gobierno durante todos estos años despreció olímpicamente a los pequeños productores y trató con los Grobocopatel y cía. Y por eso es que con ellos, finalmente, va a negociar a expensas de aquellos.

Por si todo esto fuera poco, en las mismas semanas en que Néstor Kirchner se apresta a hacerse cargo del PJ, una buena parte de las formas políticas que toma el conflicto por la renta del saqueo sojero gira alrededor del eje peronismo-antiperonismo, que no hace falta ningún manual para entender que es anacrónico y mal puede servir para entender o expresar la realidad social y política de la Argentina de hoy. Y que es mucho más funcional para el bando “del campo”. ¿Por qué piensan los kirchneristas que plantearle a la sociedad la opción entre peronismo y antiperonismo, entre montonerismo y oligarquía, va funcionar mejor ahora que antes? ¿Por qué cree D’elía que a él le puede ir mejor con Kirchner que a los montoneros con Perón?

La teoría del kirchnerismo como camino siquiera para la reconstrucción de un proyecto y un movimiento nacional no sólo no tiene ninguna base de sustentación, sino que oculta en aras del oportunismo el hecho de que para intentar remachar el ataúd de esos sueños fue entronizado Kirchner.

Para los que sostienen, en ese mismo camino o incluso centrándose en el actual conflicto, que este gobierno estaría estableciendo una supuesta primacía de la política por sobre los poderes económicos, sirva la expresión (especie de acto fallido) de su presidenta en su famoso discurso: “Bueno, uno puede ser peronista, antiperonista, no peronista, comunista, puede ser cualquier cosa, en política se puede ser cualquier cosa, pero en economía hay que tratar de ser lo más sensato y racional posible”. O un capitalismo en serio.

Para los que creen (y dicen) que Aníbal Fernández es “un hombre serio” (no queda claro si porque en los últimos años ha sido el responsable directo de la represión a las luchas populares, con perlas como la militarización de Las Heras o porque a ellos les salvó el culo y les tapó los chanchullos) que le pidan que, como hizo con los dirigentes piqueteros, persiga legalmente y con el Departamento de Seguridad del Estado de la PFA a los directivos de la Sociedad Rural (no sugerimos a los de la Federación Agraria porque a esos seguro que se les anima).

Para terminar, vuelvo a recaer en el más lamentable “setentismo”: cuando Franz Fanon analizaba las prácticas de los colonizados mostraba como, incapaces de enfrentarse al poder del colonizador, las tribus acababan por enfrentarse entre ellas. Los que cantan en la Avenida de Mayo “Patria sí, colonia no” no plantean una consigna anacrónica sino de total vigencia, pero su papel no va en el mejor de los casos más allá de ser comparsas de las luchas inter-tribales del poder colonizador en la Argentina y, en el peor, de ser funcionarios de colonia, administradores de un orden colonial.

Gustavo Franquet